VIETNAM (5): LAS MONTAÑAS DEL NORTE
Más allá de las rutas convencionales, donde el asfalto cede el paso a la roca y la niebla. Un viaje al corazón kárstico de Vietnam para descubrir sus fronteras más salvajes.
Esta crónica recorre las carreteras de los paisajes verticales de Cao Bang y Hà Giang: un trayecto de seis días entre talleres de incienso ancestral, mercados que retan convenciones culturales, cañones imposibles y la hospitalidad incombustible de las minorías étnicas que custodian el norte más profundo.
Rumbo al norte profundo: de la vibrante Hanói a las alturas de Cao Bang
Esta etapa en solitario arranca en el corazón frenético de Hanói. Aunque su ritmo atrapa inevitablemente, pronto surge la necesidad de cambiar de marcha; de sustituir el reto diario de esquivar motocicletas y el bombardeo constante de miles de comercios, cafés y monumentos, por el silencio del Vietnam rural y la inmensidad de sus paisajes infinitos.
El autobús que me lleva a Cao Bang es una "limusina" que no deja de ser una furgoneta para unas diez personas. Comparto el trayecto con cuatro turistas franceses y el resto de los pasajeros son locales. Una vez dejamos atrás el bullicio de Hanói, el paisaje se transforma por completo; ante nosotros empiezan a desfilar colinas tapizadas de plantaciones de té, un paisaje agrícola que no habíamos tenido la oportunidad de contemplar hasta ahora, salpicado además por inmensos bosques de eucaliptos.
Curvas, abismos y la llegada a Cao Bang
El viaje, no obstante, gana en intensidad debido a la audacia del conductor, cuyas maniobras al volante nos regalan más de un sobresalto. De camino atravesamos varios puertos de montaña, coronando alguno de ellos a más de 780 metros de altitud.
Finalmente, alcanzamos a salvo nuestro destino: Cao Bang. La ciudad resulta ser considerablemente más grande y activa de lo que había imaginado en un principio, aunque en términos de tranquilidad no admite comparación con el caos de Hanói o de la antigua Saigón (Ciudad Ho Chi Minh). Tras instalarme en el Cao Bang Clover House Hotel, sigo la recomendación que me dan para cenar en un pequeño restaurante cercano. El menú consiste en una sopa, arroz, pato y verduras frescas. Acompañado de una cerveza local, la cuenta apenas roza los dos euros; una auténtica joya de la gastronomía popular.
Entre brumas y etnias: los talleres artesanales de Phja Thap y Pac Rang
A la hora convenida, el equipo de la agencia Cao Bang Eco Travel pasa a recogerme. Tras desayunar en sus oficinas, conozco a Tho, quien será mi guía y conductor durante estas jornadas, así como a mis compañeras de ruta para este primer día: dos viajeras neerlandesas que recorren el país juntas y otra joven de la misma nacionalidad que viaja en solitario.
A pesar de contar con una experiencia muy limitada sobre dos ruedas, las dos primeras deciden alquilar una motocicleta semiautomática de 125 cc para conducirla ellas mismas. Las condiciones meteorológicas no son las mejores; el cielo amanece encapotado y amenazante.
El aroma sagrado de Phja Thap
Dejamos atrás la ciudad y realizamos nuestra primera parada en Phja Thap, una aldea conocida por su centenaria tradición en la manufactura artesanal de varillas de incienso. El proceso es puramente manual y minuciosa: toman finas tiras de bambú cortadas con precisión para utilizarlas como base rígida. Sobre estas varas se adhiere una pasta elaborada a base de serrín y hojas secas pulverizadas, que es la que produce la combustión y el humo. Existen dos variedades principales: el incienso destinado a la oración, que carece de aroma, y el aromático, enriquecido con esencias naturales para perfumar los espacios.
Lo más enriquecedor de la parada es, sin duda, conversar y observar trabajar a las mujeres de la etnia Nung, guardianas de este oficio.
El metal de Pac Rang y un triste accidente.
Continuamos el periplo bajo una persistente lluvia hacia Pac Rang, una comunidad célebre por sus talleres de herrería y la forja tradicional de cuchillos. Nos adentramos en una pequeña fragua familiar para contemplar el ciclo completo de producción, desde la fundición de la chatarra reciclada hasta el templado, afilado y exhibición final de las piezas. Siento cierto remordimiento al marcharme de vacío; son esos objetos con alma que uno siempre lamenta no haber sumado al equipaje.
Al retomar la marcha, el asfalto se encuentra sumamente deslizante. Tho y yo abrimos el camino encabezando el grupo cuando, de repente, mi guía frena en seco al recibir una llamada en el móvil. Su rostro cambia al instante: una de las chicas de las motos ha sufrido una caída. Damos la vuelta de inmediato desandando unos pocos kilómetros con el estómago encogido, deseando que el percance no revista gravedad. A los pocos minutos encontramos a una de las jóvenes neerlandesas junto a una vivienda situada un metro por debajo del nivel de la calzada.
El casco ha absorbido un impacto brutal y ha quedado destrozado, pero afortunadamente ella está consciente. Se queja de dolores agudos en el hombro, el codo y la cadera. Tho coordina la asistencia médica de urgencia con rapidez. Según nos explican, la rueda trasera patinó en una curva húmeda, saliéndose de la vía y golpeando contra el suelo asfaltado junto a la casa. Los minutos de espera hasta la llegada de la ambulancia se vuelven eternos. Tras una primera exploración, el equipo médico sospecha de una fractura de clavícula. Con sumo cuidado, la acomodamos en la camilla.
Días después nos confirmarían que sufrió fracturas en la clavícula y el codo, requiriendo traslado a Hanói para ser intervenida quirúrgicamente. Una lástima absoluta, pues apenas completaban el primer mes de un viaje de dos. Conducir una motocicleta por estas carreteras sin el correspondiente permiso internacional ni experiencia previa es, desgraciadamente, una imprudencia que suele cobrarse un precio muy alto.
Ban Gioc-Detian: una cascada, dos formas de entender el turismo.
Con el ánimo algo bajo y el respeto por la carretera multiplicado, la viajera solitaria, Tho y yo reanudamos la marcha hacia las Cascadas de Ban Gioc. Es el enclave más célebre de la provincia de Cao Bang, y el espectáculo visual justifica plenamente su fama. Los saltos de agua se nutren del río Quây Sơn, que delimita de forma natural la frontera entre Vietnam y China.
Al tratarse de un lecho fluvial sumamente ancho, el agua se desploma dividida en múltiples y majestuosas cortinas. En esta época el caudal es moderado debido a la regulación de las presas río arriba o a la propia estacionalidad seca, pero su fisonomía sigue siendo imponente. El único contrapunto es la masificación turística.
Desde la orilla vietnamita contemplamos la infraestructura exagerada que han desplegado en el lado chino: miradores acristalados elevados, complejos hoteleros y pasarelas de observación. Pequeñas balsas motorizadas de ambos países navegan de forma constante aproximando a los viajeros hasta la misma base donde ruge la caída del agua.
Refugio bajo el ojo de la montaña
El tramo final del día hasta nuestro campamento transcurre bajo una copiosa lluvia. Resulta un tanto frustrante intuir el escarpado relieve que nos rodea sin poder contemplarlo en su plenitud; entre las nubes bajas apenas se recortan las siluetas de miles de formaciones kársticas puntiagudas tapizadas de vegetación selvática. Es la esencia de la mítica bahía de Ha Long, pero esculpida en tierra firme.
El emplazamiento del campamento es alucinante, situado a los pies de la célebre montaña Ojo de Ángel (Núi Mắt Thần). Se trata de una formación piramidal perfecta de unos 200 metros de altura que posee una gran oquedad circular que la atraviesa por completo de lado a lado.
Cuando cesa la lluvia, comparto la cena con una reservada pareja británica y un veterano viajero neerlandés que lleva tres décadas afincado en Bali, dedicado al comercio internacional. Hoy se define como un virtuoso del slow travel, confirmando una vez más que el paso de los años refina la forma en que miramos el mundo. Descanso solo en mi tienda, añorando el olor de mi propio saco de dormir.
El Km 0 de la historia y las vertiginosas curvas de Khau Coc Cha
El día despierta resplandeciente, aunque jirones de niebla matutina flotan sobre los valles. Aprovecho las primeras luces para explorar las inmediaciones de la montaña Ojo de Ángel buscando un salto de agua que los mapas locales sugieren, aunque sin éxito. Recogemos el campamento y ponemos rumbo a Pac Bo, por ser un enclave de un valor histórico fundamental para comprender el Vietnam contemporáneo.
Pac Bo es considerado la cuna de la revolución vietnamita moderna. Tras treinta años de exilio involuntario recorriendo el mundo, Ho Chi Minh cruzó la frontera china en febrero de 1941 y se instaló clandestinamente en este remoto paisaje de Cao Bang. Desde el aislamiento de sus cuevas y bosques, dirigió los primeros pasos del movimiento Viet Minh y sentó las bases estratégicas que culminarían en la independencia del país.
Un pequeño transporte eléctrico nos traslada hasta las inmediaciones del Museo de Ho Chi Minh, un espacio dedicado a contextualizar los acontecimientos políticos y militares que se gestaron en estas montañas.
En el exterior del recinto se alza el imponente hito de piedra que marca el Kilómetro 0 de la célebre Ruta Ho Chi Minh, una red de caminos que resultó vital durante los conflictos bélicos del siglo pasado.
Caminamos por senderos boscosos, bordeamos el arroyo Lenin, de unas aguas cristalinas asombrosas que brotan directamente de las entrañas de la roca. Más adelante visitamos una fiel reconstrucción de la humilde cabaña de madera donde Ho Chi Minh recibió cobijo en sus primeros días, así como la Cueva de Cốc Bó, que le sirvió de refugio seguro.
Todo el entorno está minuciosamente cuidado y enfocado a ensalzar la memoria del líder revolucionario.
El mirador de las catorce vueltas
Hacemos una parada para almorzar en un bellísimo alojamiento rural llamado Me Farmstay, donde saboreamos una exquisita y sorprendente ensalada elaborada con flor de banano y hierbas locales.
Al reanudar la marcha en moto, nos enfrentamos a la cadena de puertos calcáreos de la región. El plato fuerte del día es el imponente paso de Khau Coc Cha, conocido popularmente como el paso de los zigzags. Mientras que la vertiente oriental por la que ascendemos no presenta mayores dificultades, el descenso hacia el oeste es un prodigio de la ingeniería de montaña: catorce curvas de herradura consecutivas excavadas en la pared casi vertical de la roca. Dejamos la moto para recorrer un sendero empinado y bien acondicionado que parte del puerto y lleva hasta un mirador natural.
Desde allí, la panorámica de la carretera serpenteando en el abismo es impresionante. Coincidimos en la cumbre con unos viajeros vascos que recorren el país desde hace dos meses y comparten conmigo su fascinación por haber hallado rincones rurales completamente al margen de los circuitos turísticos habituales.
Concluyen la jornada en el Baolac Homestay. El lugar es idílico, colgado en la falda de la montaña con vistas privilegiadas sobre el valle. Contemplamos un atardecer memorable mientras disfrutamos de una cerveza fría, coronando el día con la amabilidad de la dueña del alojamiento, quien repara con una destreza impecable una rotura considerable en mis pantalones de viaje.
Navegando el cañón de Tu San y la llegada a la meca de los moteros.
La mañana se presenta nublada, pero el cielo da muestras de ir abriéndose paulatinamente. El paisaje inicial de esta jornada difiere de los anteriores; las perfectas formaciones de roca piramidales dan paso a relieves más convencionales y erosionados por la actividad agrícola y las quemas controladas.
Avanzamos en paralelo al curso del Río Gâm, un cauce imponente alterado por diversos aprovechamientos hidroeléctricos. En los márgenes del camino abundan los campos dedicados al cultivo de tabaco y extensas plantaciones de moreras orientadas a la sericultura local.
Cruzamos la frontera provincial despidiéndonos de Cao Bang para adentrarnos en el territorio de Hà Giang. Nuestra primera parada es el asentamiento de Pavi Hmong Village, un complejo diseñado con arquitectura tradicional que recrea las viviendas de arcilla y madera de la etnia Hmong, una de las minorías más representativas del norte.
Las profundidades verticales de Tu San
El Río Nho Quế, encajonado entre desfiladeros , cuenta con varias presas que embalsan sus aguas, permitiendo la navegación recreativa. Nos embarcamos en una pequeña barca para adentrarnos en el espectacular Cañón de Tu San, considerado el desfiladero más profundo de todo el sudeste asiático, con paredes verticales que se elevan varios cientos de metros sobre el nivel del agua.
La experiencia náutica se ve ligeramente interrumpida por los rituales fotográficos modernos: la proa de la embarcación está revestida de césped artificial para servir de escenario a infinitas poses destinadas a las redes sociales de los viajeros locales. Superado el protocolo, el barco se desliza en silencio por el interior de la garganta, permitiendo admirar la escala del paisaje geológico.
El reencuentro con el turismo de masas y la Carretera de la Felicidad
Hasta este punto, nuestro viaje se había caracterizado por una grata desconexión de los flujos turísticos principales. Sin embargo, al aproximarnos a la ruta clásica de Hà Giang, el entorno cambia radicalmente. Nos incorporamos al célebre Ha Giang Loop, la ruta en moto por excelencia en Vietnam. A partir de aquí, las caravanas de motocicletas y los grupos organizados saturan los miradores y los cafés de carretera. Destaca especialmente la altísima afluencia de ordas de jóvenes en busca de aventura enlatada, fotos para insta y cerveza barata.
Nuestra siguiente parada es el mítico Paso de Ma Pi Leng, donde se erige un monumento en honor a los Jóvenes Voluntarios que, entre 1959 y 1965, construyeron con herramientas rudimentarias la emblemática "Carretera de la Felicidad".
Una estela de piedra recuerda con solemnidad los nombres de los catorce trabajadores que perdieron la vida en estos abismos calcáreos.
Etnografía y contrastes: La realidad de la carne de perro (Thịt chó)
Al caer la tarde llegamos a Đồng Văn, una pequeña ciudad que sirve de base para los moteros. Paseando por su mercado local, descubro un puesto de venta de carne de perro (Thịt chó), una realidad gastronómica compleja que responde a factores culturales muy arraigados:
Tradicionalmente se ha asociado su consumo con la virilidad y la atracción de la buena fortuna, consumiéndose principalmente en los últimos días del mes lunar para disipar las malas energías. Sin embargo, existe una evidente brecha generacional en lo referente al consumo de carne de perro: Mientras los varones de las generaciones más longevas mantienen la costumbre en reuniones sociales acompañándola de vino de arroz, las clases medias urbanas y la juventud vietnamita la rechazan de pleno, adoptando al perro estrictamente como animal de compañía.
Por lo demás, como de costumbre, el mercado se sitúa como el mejor lugar para tomar el pulso de la ciudad y hacer fotos de la gente.
Para liberar la mente de los contrastes del mercado, asciendo a pie hasta las ruinas de la antigua Fortaleza Francesa, un bastión militar edificado a finales del siglo XIX sobre el promontorio rocoso más elevado de la localidad. Las vistas al crepúsculo son portentosas, permitiendo contemplar los campos abancalados que rodean la ciudad bajo los últimos tintes violáceos del día.
La noche en el Dong Van Resort adquiere tintes surrealistas debido al sempiterno entusiasmo vietnamita por el karaoke.
Grupos de viajeros y locales brindan alegremente mientras un conjunto folclórico intenta adaptar con gran voluntad los trajes tradicionales de las minorías a los ritmos setenteros de Boney M en el escenario, en una mezcla delirante de turismo e identidad.
Por fortuna, una gran hoguera comunitaria en el patio central marca el fin de la fiesta, restituyendo el silencio de la montaña a las diez y media de la noche.
El confín septentrional de Lung Cu y el eco milenario del Khen
Afrontamos la última jornada del itinerario. Tho me pide adelantar la salida para poder asistir al enlace matrimonial de un amigo por la tarde; accedemos con la condición de mantener un ritmo de conducción pausado y completar todas las visitas programadas. Madrugar resulta ser un acierto absoluto: compartimos las carreteras de montaña en total soledad mientras los moteros "de pega" lidian con la resaca, disfrutando de un paisaje bellísimo de bosques de pinos y terrazas de arroz recién labradas.
La torre de la bandera en la frontera norte
Alcanzamos Lung Cu, el punto geográfico más al norte del país, presidido por su monumental Torre de la Bandera. Coincidimos con las celebraciones del Día de la Juventud de la Unión de Jóvenes Comunistas de Ho Chi Minh, lo que llena el entorno de centenares de estudiantes ataviados con sus camisas azules características.
La base del monumento está decorada con artísticos bajorrelieves de estilo realismo socialista que narran los pasajes épicos de la soberanía nacional. Tras esperar el descenso de una comitiva oficial de altos mandos militares, ascendemos al mirador superior.
Desde la cumbre se divisa con nitidez el idílico valle de Lô Lô Chải —hogar de la minoría étnica Lô Lô—, los llamados Dos Lagos legendarios y, hacia el norte, la silueta de la Pagoda Lung Cu, un templo alzado recientemente cuya imponente silueta se proyecta con intencionalidad geopolítica hacia la frontera con la vecina China.
El palacio del rey Hmong y las notas del viento
En el camino de descenso, nos detenemos en un pequeño saliente de la ruta. En lo alto de una colina cercana nos encontramos con un músico invidente que hace sonar con maestría el Khen.
Se trata de un instrumento de viento polifónico fabricado con tubos de bambú que posee una carga simbólica y ritual inmensa para la comunidad Hmong, utilizado históricamente en ceremonias nupciales y fúnebres como puente con el mundo espiritual.
Posteriormente visitamos el Palacio de Vuong Chinh Duc, conocido históricamente como el Palacio del Rey Hmong. Edificado a principios del siglo XX con la bendición de las autoridades coloniales francesas para asegurar el control del comercio del opio (hay alguna referencia a la amapola), el complejo arquitectónico fusiona de forma sutil las técnicas constructivas de la dinastía Qing china con elementos ornamentales europeos. Aunque sobrio en su opulencia, sus patios de madera de sándalo y tejados de teja oscura son un testimonio único de la historia de la región.
Tras el almuerzo, iniciamos el descenso definitivo hacia el valle de Hà Giang, deteniéndonos brevemente en el puerto de Dốc Thẩm Mã, una sinuosa subida histórica que en tiempos antiguos se empleaba para tasar la resistencia de los caballos de tiro. En los márgenes, mujeres y niñas de las comunidades locales ofrecen coronas de flores silvestres a los viajeros.
Dejamos atrás los 1.500 metros de altitud de la meseta calcárea para alcanzar los 400 metros sobre el nivel del mar, despidiéndonos de la ruta con la vista de las Twin Mountains, dos colinas simétricas idénticas que la mitología local asocia con los pechos de un hada que amamantó a la región.
A las cuatro y media de la tarde me despido de Tho en Hà Giang, agradecido por su excelente pericia al manillar.
Exploración rural en Hà Giang: selva, sudor y algo de té.
Dedico mi última jornada en la provincia a realizar un itinerario de exploración rural contratado a través del Safari Hostel. A las nueve de la mañana me recoge mi conductor, un joven ataviado con la indumentaria de las plataformas locales de transporte que demuestra cómo las agencias recurren a redes locales. Iniciamos la marcha desviándonos rápidamente de la carretera principal para adentrarnos por pistas de hormigón que ascienden de forma vertiginosa por la frondosa selva tropical.
En los valles bajos tengo la inmensa fortuna de fotografiar terrazas de arroz completamente inundadas o - al menos - con el arroz en pleno crecimiento, un espectáculo visual muy infrecuente en esta época del año.
La senda del té y el motocross imprevisto
Pasamos por una planta procesadora de té, pero lo cierto es que no hemos visto hasta el momento la materia prima de la que se nutre. Continuamos ascendiendo por senderos rurales jalonados de cabañas comunitales y alojamientos rurales integrados in la naturaleza. El recorrido adquiere tintes de auténtica aventura cuando el hormigón desaparece y nos internamos por una vereda de tierra y lodo con pendientes extremas de apenas treinta centímetros de ancho sobre el precipicio.

Ante la inestabilidad de la motocicleta de 125 cc y las maniobras de mi conductor equilibrando el vehículo con los pies, decido con buen criterio continuar la marcha a pie para disfrutar con serenidad de la impresionante biodiversidad de la selva.
En los claros del bosque observamos los antiguos sistemas de cultivo numerado de té. Nos cruzamos con una pareja de agricultores locales que descienden de los bancales cargando con la cosecha de la jornada: brotes frescos de té y tallos tiernos de bambú.
El descenso a pie (no tengo narices de ir en moto) me permite admirar la arquitectura de las cabañas de la etnia Dao, construidas íntegramente en bambú con cubiertas trenzadas con sus hojas.
En un pequeño secadero artesanal de té, una mujer de la comunidad procesa las hojas doradas en un horno cilíndrico giratorio para detener la oxidación y deshidratar la planta, antes de proceder al posterior enrulado de las hebras.
Piedras de penitencia y las vistas de Chua Ho Quoc
Tras almorzar en las afueras de la ciudad, visitamos la cascada Thác Số 6 (Cascada Número 6), una poza natural donde los jóvenes locales se divierten saltando desde las rocas.
Como broche final al viaje, ascendemos a un mirador ubicado en un cerro que domina toda la ciudad de Hà Giang. Dejamos la moto y comenzamos la ascensión con una temperatura y humedad que nos hace sudar compo pollos. A mitad de la subida nos encontramos con dos mujeres que palean balasto y grava en sacos de plástico junto a un cartel que invita amablemente a los visitantes a colaborar con las obras de restauración del templo de la cumbre portando algo de carga.
Decido sumarme a la causa cargando cuatro sacos que suman unos quince kilos de peso. La ascensión de centenares de escalones bajo la extrema humedad tropical se convierte en una auténtica penitencia física. Finalmente alcanzo el templo de Chùa Hộ Quốc para depositar las piedras ante el monje a cargo de las reformas.
Corono la cima del cerro, donde aún subsisten los cimientos de hormigón de un antiguo emplazamiento de artillería de la época colonial francesa.
Las panorámicas de la ciudad y el curso del río Lô compensan con creces el esfuerzo físico. Concluyo la jornada visitando el moderno Museo de Hà Giang, un espacio etnográfico excelente y desierto que detalla los movimientos migratorios históricos de las etnias Hmong y Tay procedentes del sur de China.
Al caer la noche, adquiero unas provisiones y me acomodo por primera vez en un autobús nocturno del tipo cabin bus, equipado con compartimentos individuales que recuerdan a los hoteles cápsula. Aunque el traqueteo de la ruta no facilita un sueño profundo, la comodidad es extraordinaria en comparación con los transportes convencionales. Alcanzamos la capital, Hanói, a las tres de la madrugada del día siguiente, con el corazón firmemente arraigado en los paisajes del norte.






















































