VIETNAM (3): LA BAHÍA DE HA LONG

 La bahía de Ha Long es uno de esos lugares cuya singularidad y belleza excepcional son, paradójicamente, su propia perdición.


Este rincón de Vietnam concentra todos los factores que amenazan con destruirlo o degradarlo por completo: un entorno natural único en el mundo, un acceso muy sencillo, un turismo de lujo a precios competitivos y, lo peor de todo, el imán insaciable de la foto perfecta para Instagram. Pese a todo ello decidimos visitarlo. 

Oferta inabarcable e infinitas dudas.

Una vez que decidimos incluir Ha Long en nuestros objetivos nos encontramos con el reto de elegir el modelo de viaje que más se acomodara a nuestras preferencias y limitaciones: ¿1 noche o 2 noches?.

¿Barco grande o pequeño?... Existe una web que permite "afinar" el tiro, pero aún así no resulta sencillo decidirse. Finalmente nos dejamos guiar por la guía Bradt, sobre todo porque los cruceros que se recogen en ella son eco-friendly "de verdad". El elegido fue el Emeraude. Aparte de la razón comentada existía otra que nos animó a embarcarnos en este crucero: su historia.

La fascinante historia del Emeraud: los pioneros del crucero en Ha Long

La historia del turismo en la bahía de Ha Long tiene un prólogo novelesco que comenzó mucho antes de Instagram. Viajamos a mediados del siglo XIX, cuando tres hermanos franceses —Victor, Xavier y Henri Roque— dejaron su pueblo natal para buscar fortuna en la exótica Indochina.

Tras décadas prosperando en negocios tan diversos como el comercio de carne, madera e incluso opio, la familia se trasladó al norte del país, a Haiphong. Fue allí donde tuvieron una idea visionaria: construir una pequeña flota de barcos de vapor de fondo plano no solo para transportar carga, sino para ofrecer cruceros de placer por la bahía de Ha Long. Así nacieron cuatro barcos gemelos bautizados con nombres de piedras preciosas: Rubis, Perle, Saphir y el más emblemático de todos, el Emeraude (Esmeralda).

Para la época (principios del siglo XX), el Emeraude era el culmen del lujo y la modernidad. Llevaba electricidad, ventilación en los camarotes, baños privados, un chef francés y un detalle asombroso para los viajeros de la época: ¡un cuarto oscuro a bordo para los fotógrafos aficionados!

Sin embargo, los giros del destino no perdonan. Tras sufrir ataques de piratas, secuestros y altibajos financieros, el destino de la flota original quedó sellado cuando el Emeraude se hundió en 1937 durante su ruta habitual. Con la posterior retirada francesa de Indochina en 1955, la naviera familiar desapareció en el olvido.



La historia podría haber terminado ahí, pero en 1999 ocurrió un milagro arqueológico y viajero. Alguien encontró por casualidad una postal antigua de este vapor navegando entre los远 farallones de Ha Long. Tirando del hilo en los archivos coloniales y tras localizar a los descendientes de la familia Roque en Francia, se recuperaron los planos originales. En 2002, en los mismos astilleros de Haiphong, comenzó la reconstrucción del nuevo Emeraude, reviviendo la leyenda de los primeros cruceros de la bahía.

Primer día. Superando el shock inicial.

Nos pasan a recoger a las 7:45 por el hotel en el que estamos alojados en Hanoi. Viajamos hasta Tuan Chau International Marina en lo que denominan “Limusina”, que es un minibús con los asientos mucho más cómodos. Son unas 2,5 horas de viaje, con una parada intermedia para tomar café en un megacentro de “artesanías”. Cuando se llega al puerto nos van repartiendo por los diferentes cruceros. Tras un rato de espera embarcamos... y he de reconocer que fue un poco de shock. Mientras embarcan los viajeros reproducen música alegre de bienvenida, mientras toda la tripulación, sonriente, saluda con la manita. Todos menos una señora que está en la primera cubierta tirando pétalos de flor. Me doy cuenta en seguida que, utilizando la expresión inglesa, I don’t belong here.

Pasado el primer impacto, nos dirigimos a nuestro camarote, que es precioso. Muy pequeñito, pero realmente da la impresión de estar en un barco de principios del siglo XX. Al poco salimos de puerto a la misma vez que un montón más de barcos. Aquí empezamos a darnos cuenta de la enorme saturación que sufre la bahía y del error que supone la coincidencia de horarios de todos los cruceros. Nada más entrar nos ofrecen una bebida de bienvenida y, acto seguido, a comer. Es un buffet más que decente. Pero lo realmente chulo es ver pasar los primeros islotes por la ventana. 

Geológicamente, la bahía de Ha Long es un paisaje kárstico de torres, formado a lo largo de 500 millones de años por la acción erosiva del agua y los movimientos tectónicos sobre grandes bloques de roca caliza. El resultado de todo ello en una extensión de agua marina de la que emergen de forma abrupta casi dos mil islas, islotes y farallones de piedra. Estas formaciones se caracterizan por sus paredes verticales cubiertas de vegetación tropical, y muchas de ellas albergan en su interior sistemas de cuevas y galerías subterráneas moldeadas por la filtración del agua.

Durante la comida vamos fichando a nuestros compis de crucero. Hay dos argentinos adultos con los que no llegamos a cruzar una palabra, un grupo numeroso de yanquis, unos italianos y unos indios que graban absolutamente todo en vídeo. Tras un rato de travesía a velocidad muy lenta, hacemos la primera parada en Titov Island. Aquí empieza la parte no tan guay del crucero. El objetivo es desembarcar en dicho islote, el cual tiene una pequeña playa y subir por una escalera hasta la cima. Como comentaba, el problema es que todos los cruceros hacen lo mismo en el mismo momento. Así que, más que la Bahía de Halong, parecen las playas de Normandía en el día D. El ruido de las barquitas de desembarco (tenders, todos los barcos llevan una), junto con el olor a gasóleo, es constante. Una hilera de turistas sube las escaleras generándose un atasco monumental. Y una vez arriba, resulta casi imposible hacer alguna foto digna porque, literalmente, está todo lleno de gente. Y cuando al fin consigues hacerte un hueco y encuadras la toma, te das cuenta de que todo el mar está lleno de barcos; casi es imposible ver el agua.

Nos vamos cabreados, en mi caso, muy cabreado. Una vez a bordo, y para recuperar energías, hacen crêpes.

La siguiente parada es bastante más gratificante, entre otras cosas porque hay menos barcos. Se trata de otro islote, en cuyas cercanías hay una granja de ostras perlíferas. Podemos elegir entre que nos expliquen el proceso de generación de perlas o hacer kayak y, por supuesto, hacemos lo segundo. Resulta muy interesante acercarte a uno de estos peñascos acuáticos y recorrer su perímetro.

De nuevo en el barco, y por si tenemos hambre, han organizado un curso de rollitos de primavera vietnamitas. Resulta curioso y tomamos nota para hacerlos en alguna comida con amigos.

Tras los rollitos, y por si nos había dado sed, Happy Hour. Nos tomamos una cerveza y aprovechamos para conversar con una pareja de jubilados de Seattle.

Tras la cena, ¡a pescar calamares! Ponen una luz potente sobre el agua y con una caña intentas pescar. Ester casi consigue atrapar uno. En total esa noche pescamos entre todos los embarcados la friolera de 2 calamares, los cuales fueron amnistiados.

Segundo día: todo acaba precipitadamente.

Nos levantamos muy pronto con la intención de ver la salida del sol. El mar está como un plato y, cuando finalmente el Astro Rey despunta sobre un islote, todo se llena de una preciosa y cálida luz.

Opcionalmente, puede participarse en una sesión de meditación dirigida por uno de los polifacéticos miembros de la tripulación. Muy bonito. Tomamos un café con unos croissants y nos ponemos en movimiento. 

Desembarcamos en una de las islas para ver una de las mayores cuevas de la bahía: Sung Sot Cave. Las expectativas son mínimas, vista la experiencia de ayer. Sin embargo, resultó mucho mejor de lo que imaginábamos. La cueva es mucho mayor de lo que en principio pensábamos y está muy bien acondicionada para el turismo. En el techo destaca una curiosa formación como de olas que nunca había visto en otras cuevas. Por lo demás, los guías se esfuerzan en encontrar formas de animales (o lo que sea) en las formaciones e intentan explicar qué es una estalactita y una estalagmita, lo que tardan en formarse, etc. Supongo que en otros islotes hay islas como estas totalmente salvajes.

Tras la cueva, volvemos al barco y tomamos un brunch. Y de ahí al puerto junto con todos los barcos. Me recuerda al tráfico de Saigón con las motos, versión marítima. Llegamos a las 11:00. Eso implica que se está menos de 24 h embarcado.

En resumen...

La experiencia nos deja un sabor agridulce. Por una parte, decir que la bahía es espectacular es quedarse corto. No hay ningún sitio como este en el mundo. Y es enorme. La experiencia de estar en el Emeraude está muy bien porque es un barco pequeño y que replica a los barcos de hace más de 100 años. En el lado negativo está la exagerada masificación del entorno y la nefasta organización (o simplemente, la no organización) de los horarios de los cruceros y su concentración en los mismos lugares. Siendo una bahía tan grande, tendría más sentido distribuir los cruceros por diferentes zonas, o al menos, hacer las actividades en diferentes momentos.